El Zapatófono

Una de las cosas que más le agradezco a la vida es la época en la que nací. He sido testigo de un mundo que ha evolucionado vertiginosamente; en mis años de infancia jugábamos a la pelota, a las escondidas, a los encantados; la televisión aún no tenía control remoto y solo teníamos acceso a un par de canales que llegaban por la antena aérea. En la calle donde viví, el único teléfono que había era el de mi casa, y eso porque mi tío Sergio que anteriormente la había habitado, tuvo la idea y la solvencia de pagar a la compañía telefónica por los postes que nos llevaban la línea al hogar; la gente acudía con nosotros a pedirnos prestado el teléfono, lo cual hacíamos con gusto; solo había un aparato y estaba en la sala, el cable tenía un largo aproximado de dos metros.

El canal local de televisión transmitía una serie que había sido muy popular en los años sesenta: El Superagente 86; Maxwell Smart era el nombre del personaje principal, un tipo simpático, bonachón, un poco torpe, de buenos sentimientos que con frecuencia nos hacía reír a carcajadas. Sin embargo, yo estaba enamorado de su compañera espía, la Agente 99; sensual, inteligente, bondadosa, encargada en varias ocasiones de enmendar las torpezas de Max; aunque con toda honestidad debo decir que el objeto de mi deseo, a la edad de 10 años era algo más que la belleza y simpatía de la Agente 99; mi fijación era el zapatófono.

El zapatófono era un teléfono móvil que tenía el Superagente 86 en la suela se su elegante calzado; la más alta tecnología de aquella época, con sus auriculares y un pequeño disco para la marcación; un dispositivo que al menos no existía comercialmente, solo en la imaginación de los productores del programa.

Durante las charlas que sosteníamos mis amigos y yo sentados en la banqueta de la calle, disfrutando el dorado sol veraniego de las seis de la tarde, y hablando de nuestros programas favoritos; en definitiva, todos expresaban su amor por la Agente 99, soñaban con tener algún día la oportunidad de conocerla en persona; sin embargo, cuando hablábamos de ese programa, por lo general mi mirada se clavaba por un momento en el suelo y después exclamaba ¿se imaginan que existiera el zapatófono? ¡yo quiero tener un zapatófono!; al principio mis amigos se reían de mi acusándome de loco, y diciéndome que era imposible que se inventara algo así, no podía existir un teléfono sin cables; después solo me ignoraban y yo me quedaba un poco frustrado porque mis ideas no tenían eco; pero si de algo estaba seguro es que algún día tendría un zapatófono, y podría andar por la calle jugando al espía y haciendo llamadas telefónicas desde el techo de un edificio o desde un auto en movimiento.

En los años ochenta, ya éramos adolescentes y nuestros intereses habían cambiado radicalmente, los temas de conversación eran sobre el amor, las relaciones, los conflictos, las dificultades con nuestra familia; algunos ya sabíamos manejar un automóvil, y podíamos ir a las fiestas. Los que teníamos la fortuna de tener un auto nos sentíamos poderosos, populares, algo muy importante en la vida de un adolescente, y a pesar de que yo manejaba un hermoso Mercury Monarch color rojo, con ventana en el techo, me sentía incompleto; seguía deseando tener un zapatófono. En aquellos años salieron al mercado los teléfonos inalámbricos; nos estábamos acercando a la era del zapatófono. Tenía ahora la posibilidad de hablar por teléfono desde cualquier lugar de la casa; podía hablar de las cosas que  los jóvenes no queríamos que nuestros padres escuchen; aun así me sentía atado, como perro encerrado en un jardín exigiendo libertad para explorar las calles y vagar sin sentido.

A finales de la década mi tío Chuy le regaló a mi madre en su cumpleaños algo totalmente inesperado; era una caja mediana, aproximadamente del doble de tamaño de aquellas que se usan para los zapatos, envuelta en un sobrio papel gris, con un moño verde; llamaba la atención lo pesado del bulto. Mi mamá, con muy poca paciencia, arrancó rápidamente el envoltorio y la expresión general de los ahí presentes fue de asombro y de incredulidad; le habían regalado un teléfono móvil, como esos que usaban los soldados en las películas antiguas de guerra, con una batería de un tamaño similar a las que usan los autos, y un auricular conectado con un cable ondulado, la batería estaba elegantemente acomodada en una bolsa con el asa de bandolera para llevarla consigo a todas partes; un poco tosco el artefacto como para lucirlo en las reuniones sociales o de trabajo, muy pesado para ser cargado por cualquier persona. Mi madre, fascinada con su tecnología militar, llegaba al trabajo con el hombro doblado por el peso del objeto aquel, y con una expresión de poder y felicidad; había conseguido tal vez si desearlo como yo, lo más innovador en telecomunicaciones, yo anhelaba uno para mí, pero estaba fuera de mis posibilidades económicas, así que por la noche, salía en el carro con el teléfono móvil de mi madre y jugaba al agente secreto, manejaba hasta la casa de un amigo y llamaba desde afuera de ella, sin importarme si me contestaban sus padres enojados por hablar a deshoras, – ¡estás loco bato!, ¿Qué horas son estas de llamar?; -estoy afuera de tu casa, decía yo, asómate por la ventana. Era tal vez mi forma inconsciente de vengar las burlas de las cuales fui objeto por el zapatófono, ahora ya tenía uno, y aunque perteneciera a mi madre, lo podía sentir como mío, al menos por un rato.

La revolución de la telefonía móvil vino después, desde los primeros ladrillos, que fueron evolucionando hasta llegar a los teléfonos inteligentes, verdaderas supercomputadoras en la palma de una mano. He tenido varios zapatófonos, de diferentes tamaños y características tecnológicas; sin embargo, pasó de ser un objeto de uso exclusivo para los super agentes secretos como yo, a uno de uso masivo; ¿acaso no tienes tu propio zapatófono?

Hace tiempo que dejé de extrañar el zapatófono, dejó de ser un medio para conquistar la libertad, y se convirtió en una prisión móvil, que si bien es cierto podemos obtener mucho provecho de él, también es cierto que es un ladrón que se roba nuestras vidas; todos los super agentes del mundo hemos sido capturados, la humanidad entera ha sido enjaulada en una ilusión virtual de libertad, en una matrix en donde nuestras mentes se conectan y son hábilmente manipuladas por “el arquitecto”, un monstruo malvado que nos ha confinado en la cárcel de la inconsciencia haciéndonos creer que tenemos una vida más allá de la matrix. Hoy extraño aquellas tardes en donde sentado en la banqueta, bajo aquel sol dorado de las seis de la tarde, mis amigos y yo imaginábamos como sería el mundo en el futuro, y en verdad el mundo no ha cambiado, hemos cambiado nosotros, y aquel agente secreto que buscaba la aventura, es ahora un rebelde que reclama su libertad, librando batallas épicas para recuperarla.

Hoy ese niño que aún habita mi corazón ha vuelto a sentarse en la banqueta a disfrutar el sol, ha aprendido a descubrir la infinidad de sonidos que nos acompañan durante el día, las aves, los perros, los vecinos, los autos que pasan, hoy ese párvulo de edad madura ha descubierto que al morder una  pequeña uva, en su interior se esconde una multiplicidad de sabores, y que en la pulpa y en el jugo de ese minúsculo fruto está plasmada la historia de todas aquellas personas que hicieron posible que esa uva llegara a mis manos, hoy soy capaz de reconocer que en ese taco de carne asada que disfruto puedo agradecer a quienes que sembraron el maíz, a esa res que fue sacrificada para alimentarnos, hoy puedo agradecer a la naturaleza por todo aquello que nos da y también por aquello que nos quita, al final, ella siempre intenta autorregularse y mantenerse sana.

He comprendido que para ser feliz se necesita muy poco, mucho de ello ya lo tenemos; he descubierto que un ingrediente indispensable en la felicidad es nuestra capacidad de agradecer por aquellas cosas que ya existen en nuestras vidas; he aprendido también a poner a mi zapatófono enfrente de mí, y como diría el poeta, tan solo para recordarle que el me pertenece y no yo a él.

Autor: Jorge Castañeda Bustamante

Psicólogo, Psicoterapeuta, Coach, Master en Psicoterapia Ericksoniana, Maestría y Doctorado en Psicoterapia Humanista. Director del Instituto Contacto Emocional.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.