El señor que cantaba «El Rosal» / Jorge Castañeda Bustamante

El señor que cantaba «El Rosal» / Jorge Castañeda Bustamante

El ejercicio de la psicología clínica y de la psicoterapia es una de las cosas que más disfruto de la vida; el oficio del terapeuta es a veces incomprendido y denostado por la sociedad, y en unas cuantas ocasiones celebrado y agradecido por aquellas personas que tuvieron el valor de vivir una experiencia terapéutica en búsqueda de nuevas formas de darle sentido a su propia existencia.

La psicología y la psicoterapia son diciplinas muy controversiales, existen diferentes enfoques, visiones, criterios y epistemologías; a veces en franca guerra unas con otras, y en ocasiones tratando de colaborar en la difícil y gratificante tarea de sanar el alma humana; la psicología es la ciencia del alma, eso significa la palabra psique: alma.

Una de las ramas fundamentales de la psicología, es la psicopatología, que pertenece también a la psiquiatría, es decir, a la parte médica del tratamiento de las enfermedades mentales; y como parte de esta se encuentra la nosología, que tiene que ver con la clasificación de los trastornos de la mente, algo muy importante en la ciencia médica. En el caso de las enfermedades en general, la Organización Mundial de la Salud creó la CIE, clasificación internacional de las enfermedades (incluidas las de la mente); para las enfermedades mentales en particular existen los DSM, un listado de trastornos elaborado por un grupo de psiquiatras en todo el mundo, que llegan a consensos después de largos debates y procesos de investigación para brindarnos a los profesionales de la salud, un catálogo de criterios para definir las dolencias del alma, con el cual el clínico pueda hacer un diagnóstico y posteriormente diseñar una estrategia de tratamiento.

Sin embargo, los DSM, han sido constantemente criticados por la forma y fondo de sus criterios para diagnosticar, por ejemplo, apenas en los años setenta, el DSM consideraba a la homosexualidad como una enfermedad. Además de que no toman en cuenta la experiencia del que lo padece, las corrientes humanistas en psicoterapia exigen y con justa razón que los trastornos deben de ser vistos desde una visión no médica; ya lo decía el filósofo español Fernando Savater:

“El DSM, el magno catálogo de todas las rarezas, desviaciones y locuras: ahí están convenientemente ordenados los nombres y apellidos de cuanto mucho o poco se sale de la normalidad. Es algo así como el código penal del alma, aunque solo especifica los delitos, pero no las penas que hay que sufrir para purgarlo”

No hace mucho, la enfermedad mental era vista como posesiones diabólicas, apenas hace un par de siglos, a los enfermos mentales se les encerraba como animales, y aunque la psiquiatría y la psicología han evolucionado, seguimos viendo al ¨loco” como una persona que debe ser escondida para que no perturbe nuestra tranquilidad. En varias ocasiones en mi práctica clínica he recibido a pacientes con cuadros de esquizofrenia cuyos padres habían intentado primero la cura por el exorcismo llevado a cabo por algún ministro religioso, cómplice por ignorancia de la naturaleza de este tipo de padecimientos.

Es cierto, el DSM es un código penal del alma como dice Savater, pero también es cierto que es necesario para una práctica clínica responsable. Es un manual que debe darnos una idea del problema, pero el tratamiento requiere otro tipo de estrategias que van más allá de la ciencia médica, y que en ocasiones requieren el apoyo de las diciplinas del alma, como la filosofía, la literatura, la pintura, la danza, la música, el cine; la estética aplicada a la existencia humana, entendiendo a esta como la ciencia de lo sensible y no solo como un concepto asociado a la belleza. Los medicamentos son substancias que actúan sobre nuestro cuerpo, pero no nos enseñan absolutamente nada. La relación con el otro y con entorno es lo que construye o destruye, lo que sana o enferma al alma, por eso muchos de los grandes terapeutas de la historia han hecho énfasis en que más allá del método empleado en la terapia, lo que sana es la relación.

En una de las maravillosas tardes de verano cachanilla, mis amigos y yo jugábamos futbol en la calle, con dos porterías improvisadas con piedras, cuya distancia entre una y otra era medida por los pasos de Reynaldo, el oficial encargado de que el partido se llevara a cabo en condiciones de equidad y justicia entre ambos equipos, éramos seis contra seis, y más o menos tratábamos de que la contienda fuera pareja, organizándonos para que cada uno de ellos tuviera más o menos jugadores con las mismas características de edad, estatura, fuerza y habilidad. A mí me acomodaban al final por ser el más chico de todos, tenía apenas ocho años, y los grandes tenían diez.

En una ocasión me tocaba jugar de portero, era un partido muy trabado, con pocas ocasiones de gol; y de repente uno de los jugadores contrarios llegó con velocidad a la portería que yo cuidaba como mi propia vida, sacó un potente disparo que pasó rozando mi cabeza y no pude ni siquiera meter las manos; el esférico entró por el arco imaginario y ahora tenía que correr a recuperarlo, no había una red que lo detuviera. Avergonzado y triste por haber recibido un gol, me dirigí a buscar la pelota que por la velocidad y potencia se había alejado demasiado.

Vi a lo lejos la silueta de un hombre que caminaba lento, cansado, muy delgado, demacrado, un tanto desnutrido, parecía que venía de algún lugar remoto, de otro pueblo, de otro mundo tal vez; tomó la pelota en sus manos y siguió caminando hasta que nos encontramos. Con una amplia sonrisa que mostraba su dentadura amarilla y chimuela y me la regresó, me preguntó que si conocía la canción de “El Rosal”; – no señor, no la conozco, le respondí temeroso; – ¿tus amigos la conocen? insistió – no lo sé, pregúntele usted a ellos – respondí asustado. Caminamos juntos hasta encontrarnos con los demás que, sorprendidos y confundidos me miraban llegar acompañado de un loco vagabundo que tal vez se había escapado de algún manicomio. Sin embargo, la sonrisa de aquel hombre, la mirada profunda y cariñosa, conquistó los corazones de aquellos pequeños que jugábamos en la calle. Volvió a preguntar, ahora en plural: – ¿conocen la canción de El Rosal?, al unísono y como coro escolar respondimos: ¡Noooooo!. Aquel buen hombre nos pidió que nos sentáramos en círculo en el patio de una de las casas, mientras él colocado al centro, nos relataba historias fantásticas, de aventuras en el campo, de animales que hablaban y nos enseñaban reglas de convivencia, de los juegos que jugaba cuando era niño, y de aquella familia que perdió sin que nos explicara como. Ahí, justo en ese momento fue cuando nos invitó a que cantáramos todos con él la canción de El Rosal, simplemente nos dijo que lo siguiéramos y comenzó a cantar a todo pulmón: El Rosal es una canción… es una canción muy bonita… El Rosal… es una canción … es una canción muy hermosa…. y así seguía la estrofa repitiéndose una y otra vez, en una espiral sin fin; el rostro de aquel hombre dibujaba expresiones de alegría y nostalgia; las lágrimas que brotaban de sus ojos eran la más honda expresión de dolor y añoranza por una vida que se fue, sus brazos se movían con cadencia dirigiendo con entusiasmo a ese coro infantil que lo acompañaba en una experiencia sublime, aquel hombre tocó los corazones de los niños que cantábamos al unísono con él la canción de El Rosal. Después agradeció a cada uno dándonos la mano y regalándonos algunas palabras que tocaron nuestros corazones, luego siguió su camino por la calle mientras lo veíamos alejarse, hasta que lo perdimos de vista.

He descubierto que esa fue mi primera lección de psicopatología, podría teorizar y llegar a una conclusión diagnóstica de los trastornos que sufría aquel hombre, pero nada de eso se compara con la experiencia de haber cantado El Rosal, ningún manual estadístico me sirve para poder comprender el dolor de aquel quijote que vagaba por el mundo, tratando de aliviar una herida que solo él conocía. Creo que todos los ahí presentes le regalamos una experiencia terapéutica maravillosa, pero creo también que el regalo más grande lo obtuvimos nosotros.

Todos los que estuvimos aquélla tarde de verano cachanilla con el hombre que cantaba El Rosal lo recordamos con mucho cariño, pero solo yo que me dedico a la psicología clínica, recuerdo con lágrimas en los ojos a aquel místico que cantaba El Rosal, de vez en cuando en alguna sesión de terapia, escucho en mi interior las voces de aquel ser misterioso y de aquellos niños cantando El Rosal; solo me resta decir: gracias, maestro, gracias, gracias, gracias.