UN VIAJE EN BICICLETA / Jorge Castañeda B.

UN VIAJE EN BICICLETA

Jorge Castañeda Bustamante

 

Desde niño sentí una extraña fascinación por los automóviles Datsun, recuerdo a mi vecino, un litigante civil de renombre que había adquirido un modelo 510 color amarillo, una verdadera joya de la industria automotriz que como escultura griega adornaba su casa por las tardes cuando regresaba a comer. Nunca entendí la necedad de la compañía que en los ochentas retiró la marca y nombró a todos sus automóviles Nissan. Siempre quise que mi padre comprara un Datsun, pero por alguna razón sentía una fuerte atracción por los automóviles Ford, de hecho, en aquella época adquirió un Mercury Monarch 75 color rojo, un auto de la gama de lujo de esa empresa, lo cual le agradezco, porque en algún momento ese fue mi primer auto, cómplice de muchas aventuras en mi adolescencia.

Era el inicio del año, yo estrenaba la bicicleta que mis padres me habían regalado en la navidad, debo decir que siempre fui muy habilidoso en la “baika”, como le llamábamos los niños norteños a las bicis, era capaz de saltar en una rampa largas distancias, hacer wilis por toda la calle, ganaba casi todas las carreras de velocidad. Mi “bicla” y yo éramos socios en aventuras maravillosas. Esa vez circulaba a toda velocidad, dando vueltas a la manzana, solo para doblar la esquina y pasar por la casa del licenciado, y con la única finalidad de ver ese Datsun 510, recién salido de la agencia; todavía puedo escuchar mi vocecilla cantando a todo pulmón el comercial de la radio: Datsun 77… Datsun 77… es el auto suficiente… es el auto suficiente, y como si el frio no importara, pedaleaba velozmente, vistiendo solo un shorts, una playera y totalmente descalzo.

El dolor me despertó del sueño, mi voz se transformó en un grito que como lava volcánica irrumpía el cielo de forma violenta, mi espalda lastimada yacía sobre el frío asfalto, decenas de diminutas piedras se habían incrustado sobre cada parte de mi cuerpo como perdigones de una escopeta, pero el daño mas grave lo había sufrido mi pierna, en algún momento mi pie descalzo resbaló del pedal y se metió en los rayos de la rueda delantera. Sucedió demasiado rápido, era algo difícil de soportar para un niño de nueve años.

Hoy por la mañana me levanté un tanto desanimado, y pensé que era un buen momento para conversar con mi niño interior, y me relató esa experiencia que ya había olvidado

-¿Te acuerdas Koke?, un señor detuvo su carro y se bajó a ayudarme, me cargó en sus brazos y me llevó a casa.

– Si me acuerdo, le dije, y te curaron la pierna mientras papá te contaba el cuento de los viajeros espaciales

            Ahí terminó nuestra conversación, se fue sin decir nada más. Luego empezaron a llegar a mi mente una gran cantidad de recuerdos de mis aventuras en bicicleta, grandes hazañas y fuertes caídas, una y otra vez, siempre me volvía a levantar.  Me di cuenta de que no necesitaba ninguna explicación.

Alguna vez un maestro me dijo que la vida era como andar en bicicleta, al principio usas “llantitas” para no caerte, luego comienzas a pedalear solo tratando de mantener el equilibrio, y lo que sigue es viajar, recorrer diferentes lugares, disfrutar los paisajes, respirar el aire y volar con la imaginación. Siempre habrá caídas, resbalones, accidentes, en ocasiones una llanta ponchada (o las dos). La vida es así, como un viaje en bicicleta, en donde solo basta montarte en ella, tomar los manubrios y pedalear, si te caes, te levantas y vuelves a pedalear, solo así llegarás a donde quieres ir.