El Gato Paleta

Detail of cat eyes in the foreground

El gato paleta. / Jorge Castañeda Bustamante

Mi madre odia a los gatos, en realidad tiene una singular fobia por casi todos los animales, su rostro se transforma cuando un minino o un cachorro se le aproxima; tal vez no se ha dado cuenta, pero yo he observado como sus ojos parecen salirse de sus cuencas cuando es tocada por un animalito, y resulta paradójico, pero entre más pequeño sea este, más repulsión parece causarle.  Sería interesante tener a mi madre como paciente en el consultorio y trabajar sus fobias, pero estoy seguro que en vez de encontrar alguna cura para sus males, terminaría yo siendo regañado, mi madre, al fin y al cabo.

Hace muchos pocos años, tendría yo unos 16, jugaba fútbol con mis amigos en la calle (cuando se podía hacer eso) y escuché a mi madre llamarme con un grito aterrador, me asusté muchísimo, pensé que alguien se habría muerto. Corrí a mi casa preocupado, llegué agitado y lleno de sudor, y pude comprobar qué en efecto, en casa había un cadáver, el de un gato, que yacía sobre el hermoso verde pasto del jardín, era un gato gris, su cuerpo estaba manchado de sangre obscura como chamoy, mis instintos detectivescos me llevaron a concluir que habría sido atacado por algún perro y el patio de mi casa fue el lugar que eligió para llegar a morir, ¡vaya escena del crimen!. Luego pensé que mi madre exageraba, ¿Qué daño podía causarle el minino si ya estaba muerto?, pero ella gritaba enloquecida, sus palabras siempre elocuentes se habían esfumado y entre tanto alarido era difícil entenderla, pude intuir entonces que me estaba dando instrucciones de que me llevara al occiso lejos de ahí.

Tomé unos guantes de plástico de esos que se usan para limpiar los baños y me los puse para quitar al caro data vermibus(1), lo tomé por la cola y me di cuenta de que estaba tan tieso, que parecía una paleta, un gato paleta, frío e inmóvil. Lo puse en una bolsa de papel kraft, de esas que antaño daban en los supermercados, luego me subí a mi bicicleta y salí con el cadáver del gato amarrado en los manubrios. Ahora necesitaba buscar un lugar en donde darle sepultura al pobre animal. En el camino me encontré al Güero, un amigo de barrio con el cual compartía una de mis grandes pasiones: el fútbol; nos saludamos con efusividad, y comenzamos a platicar, él le era fiel a los Pumas y yo al Cruz Azul (todavía), íbamos haciendo remembranzas de los grandes partidos de nuestros equipos, y yo le contaba de las hazañas de Miguel “El gato” Marín, uno de los mejores porteros que han venido al fútbol de México. Nunca me preguntó a donde iba, ni yo lo invité a que me acompañara, solo rodábamos nuestras bicicletas por las calles de la ciudad. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero pude darme cuenta que nos habíamos alejado bastante del barrio, llegamos hasta la zona en donde estaban los hoteles y restaurantes de la ciudad; en ese momento me di cuenta de tenía mucha hambre, tal vez por la energía gastada jugando al fútbol, tal vez por el paseo en bicicleta, o tal vez por lo que significó ver a mi madre alterada por el gato, del cual por cierto ya me había olvidado.

En uno de los hoteles trabajaba el Checo, un gran amigo que ya tenía 18 y que había heredado de su padre el don de cocinar, era un joven chef en el lujoso restaurante del hotel (omitiré el nombre por mi propia seguridad) y de vez en cuando lo visitábamos, nos hacía unas tortas de jamón deliciosas, entrabamos a la cocina por la puerta de servicio y comíamos gratis.  Llegamos el Güero y yo al lugar, pero pues no podía andar yo cargando un fiambre por todas partes, así que mientras subíamos por el elevador del hotel con rumbo al restaurante, para entonces el Güero seguía presumiendo los logros de sus Pumas de la UNAM, hasta que acabó con mi paciencia y le dije, “ya deja de hablarme de tus mugrosos gatos… mira, para gatos este”, en ese momento abrí la bolsa de papel y dejé caer el gato sobre el piso del elevador; el Güero comenzó a gritar horrorizado, en cuanto el elevador se detuvo, salió corriendo como si hubiera visto un fantasma; no volví a saber de él hasta varios meses después. Dejé al gato garabato en el elevador y regresé a casa sin comerme mi torta de jamón. ¡Que poco sentido del humor!, abrí una lata de atún y me la comí con un paquete de galletas saladas y una coca cola, justo a tiempo para ver el partido del Cruz Azul contra la Unión de Curtidores, perdimos 1-0, por culpa de Miguel “El gato” Marín que se quedó helado y tieso como paleta, viendo el balón entrar a la portería, aun no entiendo cómo es que todavía le voy al Cruz Azul .

(1) Según una versión, los romanos escribían es sus sepulturas la inscripción caro data vermibus, que significa “Carne dada a los gusanos“. Esta expresión habría derivado en el acrónimo ca-da-ver.