Receta para perder al amor de tu vida.

Upset and depressed woman sitting by the ocean crying with her head in her hand.

Receta para perder al amor de tu vida.

Norma Bustamante.

De nada vale el arrepentimiento. Sólo sirve  para hacernos daño, es como echar sal a las heridas. Es agregar más hubieras a la larga cadena de ese verbo en subjuntivo que llevamos sobre nuestra espalda. Pero es imposible no pensar así, cuando el acto fue consumado, las palabras pronunciadas y el peso de la responsabilidad  se hace presente, allí está el arrepentimiento, el maldito arrepentimiento que no sirve para nada, sólo para eso, para sufrir más.

Porque saber que pude haberlo evitado, que no era necesario hacerlo, que fue un impulso estúpido, hace todo más difícil. Tampoco cabe pensar que nunca pude haber imaginado las consecuencias. Claro que pude imaginarlas, pero en el fondo siempre tuve una esperanza de ser comprendida, entendida. No fue así.

Es verdad que debí haberlo dicho quizás en otro momento, en la privacidad de otro espacio, en otra ocasión. Pude haberlo dicho antes, mucho antes o después,  mucho después, o pude no haberlo dicho nunca. Eso hubiera sido mejor. No haberlo dicho nunca. ¿O es que en realidad pensé que obtendría algo a cambio?

Hoy, al paso de los días, he esperado alguna reacción a mi favor, algunas palabras que puedan hacer menos grande mi tristeza. Pero no ha sido así. Creo que he perdido la esperanza. No me ha llamado.

Repaso uno a uno los momentos. La mañana fresca. Todos sonrientes, alegres, parloteaban, reían, y yo como siempre, intentando estar a la altura de las circunstancias, fingiendo claro, como se fingen tantas cosas en la vida, los fingimientos necesarios para llevarla bien, para que las cosas funcionen. Como las relaciones públicas, algo así. Fingir para que te quieran, fingir para que te acepten.

Yo tengo en mi haber una larga cadena de fingimientos. Van cambiando, van perdiendo importancia o los voy olvidando. O puede suceder lo contrario, que he fingido tanto algo que ya tengo la absoluta seguridad de que es cierto. Siempre digo que no tengo sueño, que no estoy cansada, que estoy bien y a tanto decirlo me voy haciendo a la idea de que así es. Mi dosis de bondad para con los demás ha sido infinita. ¡Dios mío!    Me estoy compadeciendo.

Y pues sí, si ya estamos en esto, se vale llorar, al fin que nadie puede verme y puedo llorar. Pero  ¿Por qué lloro?  Por rabia, por tristeza, por impotencia. No lo sé. Quizás por la enorme desilusión de recordar su rostro cuando se lo dije. Se quedó callado, con la mirada fija en mis ojos por varios segundos, luego su gesto se fue transformando y vi como una especie de media sonrisa aparecía en su cara. Una sonrisa horrible, como nunca la había visto. Miró hacia ambos lados, avergonzado ante la posibilidad de que me hubieran oído. Y sí, si me oyeron porque también callaron de pronto y luego él,  ante las miradas atónitas de todos, se fue haciendo hacia atrás lentamente. Dejó el vaso en la mesa, todos dejaron los vasos donde pudieron y se fueron yendo,  poco a poco

No he vuelto a verlo. Lo llamo y no me contesta, ha bloqueado todas las formas que teníamos de comunicación y estoy muriendo de tristeza. Iré a buscarlo, me vestiré toda de verde y me sentaré afuera en un rincón del jardín y le pediré perdón y le diré que no es cierto, que no es cierto, que no es cierto, mil veces se lo diré.

Si lo hubiera dicho antes, o después,  o no lo hubiera dicho nunca. Pero lo dije en ese momento, precisamente cuando el equipo metía el gol contra Alemania, fue en ese momento que me atreví, cuando todos gritaban. El ruido ensordecedor de la gente, las miradas extraviadas, las bocas babeantes, y el estruendo terrible fue insoportable. El me vio y supo que algo pasaba, abrí la boca y ya no pude más y le dije la verdad,  esa verdad que hizo que esa noche lo perdiera quizás para siempre. Le dije, con la voz pausada, clara y precisa:   Lo siento, mi vida, pero debo decirte, que no me gusta, jamás me ha gustado el futbol.

viveleyendo.normabustamante@gmail.com